La Enfermedad Mental en la Familia

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La familia desde siempre ha sido un soporte fundamental para el cuidado de las personas con enfermedad mental. Cuando un miembro de la familia enferma de esquizofrenia, trastorno bipolar, depresión u otro trastorno mental grave, la vida normal desaparece para siempre y la convivencia se ve afectada al máximo. No existen otras enfermedades que más angustie a la familia y al mismo tiempo más la disgregue que los trastornos mentales, por lo que con información y comprensión esta situación puede sobrellevarse para preservar la armonía familiar.

El impacto en la familia

Cuando alguien de la familia se enferma se da un fenómeno al principio de ¨no dar crédito¨ a lo que pasa, a continuación se inician una serie de consultas para confirmar el diagnóstico y finalmente, cuando se ¨acepta¨ (lo que no siempre ocurre) se genera un sentimiento colectivo de miedo, vergüenza y culpabilidad que raramente cederá sino es con el paso de los años.

Pero lo imprevisible y oscuro de la enfermedad, el sentimiento predominante inicial es la angustia, que se pone de manifiesto con reproches mutuos entre los familiares, insomnio, disminución en la participación en acontecimientos sociales (fiestas, reuniones,… etc.) y en general, un deterioro de la vida normal. Es aquí donde la familia debe sobreponerse, informarse con realismo de todo aquello que significa esta enfermedad, sus tratamientos, medios de combatirlas, grupo de autoayuda, e incluso a veces se hace necesaria la terapia para encajar la situación.

Lo más importante desde el punto de vista de la familia, es en primer lugar reconocer los síntomas de la enfermedad en su comienzo y posteriormente en sus crisis, y tener muy claro cómo actuar en tales casos.

La familia asume el reto: consejos y actitudes

Puesto que el diagnóstico de un trastorno mental en nuestra familia es muy difícil de aceptar, una vez aceptado se ha ganado la primera gran batalla, entender que las cosas no van a ser las de antes y que hay que reorganizar las actividades con esta nueva incidencia.

El asumir un familiar con enfermedad mental supone encarar un reto ante de lo impredecible y lo misterioso, se trata de comprender una enfermedad de la que se sabe poco y que altera tanto la conducta de todos. Es por ello que llegar a convivir con este trastorno exige un conocimiento preciso.

En primer lugar es necesario entender que ¨nadie tiene la culpa¨ de esta enfermedad, que no hay que sentirse avergonzado por la misma y que los demás (familiares, allegados, amigos y compañeros de trabajo) deben aprender a aceptar con nosotros esta carga. Para ello es fundamental que hablemos del asunto con naturalidad, respondiendo todo cuanto sepamos para disipar ¨falsas creencias y peligros imaginarios¨ e intentando que nuestra vida familiar cambie lo menos posible (lo cual es muy difícil).
Los consejos más importantes para la familia en la fase de aceptación de la enfermedad son, según la OMS, los siguientes:

  • Tener la máxima información posible de la enfermedad y no quedarse nunca con ninguna duda, ni de la enfermedad ni de los tratamientos aplicados.
  • Sintonizar con el médico lo más posible, es decir, colaborar a que entre médico, enfermo y familia exista un ambiente cordial.
  • Seguir las prescripciones médicas al pie de la letra e informar de inmediato de aquellas notificaciones que resulten sospechosas de que algo va mal (aun a riesgo de ¨ser pesados¨ que sin duda lo seremos).
  • Hablar con naturalidad de la enfermedad y de los problemas que nos plantea con familiares, amigos, allegados, vecinos y cuantos nos pregunten por ella, ¨el silencio es muy culpabilizador¨.
  • Evitar el aislamiento, participar en reuniones, grupos, excursiones y cuantos acontecimientos sean cotidianos. ¨La soledad sólo aumenta la angustia y no conduce a nada positivo¨.
  • Fijarse objetivos modestos y realistas con nuestro paciente. Más vale que apruebe una asignatura o escriba una página, que no haga nada.
  • Evitar el enfrentamiento directo con nuestros pacientes (salvo caso de máxima gravedad), y para ello recurrir si es preciso a terceras personas.
  • Nunca eludir el diálogo con nuestro paciente sobre aquello que le preocupa, manifestándole en todo momento con veracidad qué es lo que padece aunque no lo entienda o no lo acepte.

Con un justo equilibrio entre lo que debemos exigir como familiares y lo que debemos dar, las posibilidades de que nuestro paciente mejore, aumentan notablemente.

Fuente: Confederación Española de Agrupaciones de Familiares y Enfermos Mentales.
Adaptación del texto: CATESFAM.

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